Ágora, la vida de Hypatia.

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SERGIT
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Ágora, la vida de Hypatia.

Mensajepor SERGIT » 16 Oct 2014, 04:45

Hola compañeros.

Os dejo mi último artículo, está dedicado a la película "Ágora"

Finales del siglo IV D.C., Alejandría, capital de la Diócesis de Egipto del Imperio Romano. En esos años tumultuosos, con conflictos religiosos y presión de los pueblos bárbaros, surgió una gran mujer, Hypatia, la última filósofa de la antigüedad. A esta gran figura está dedicada la película "Ágora".

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Es un gran drama histórico, la lucha de una mujer con una inteligencia y cultura sobresalientes, por encima de la mayoría de sus conciudadanos. Lucho por poder pensar, hablar libremente y tener la posibilidad de transmitir sus conocimientos.

Por aquel entonces el Imperio de Roma estaba agonizando. Por un lado las invasiones de los bárbaros, por otro lado el ascenso de una religión, el cristianismo, intolerante con las ideas ajenas. La crisis del Imperio Romano ya duraba más de un siglo, para poder defender mejor las fronteras se procedió a una división del imperio entre oriente y occidente, fue idea de Diocleciano, a finales del siglo III D.C.

Durante la mayor parte del siglo IV D.C. el Imperio Romano estuvo dividido en dos, con emperadores a menudo rivales y luchando entre ellos por hacerse con el control de ese gran imperio.

A finales del siglo IV había un único emperador, Teodosio I, convertido al cristianismo, un emperador que se tuvo que arrodillar ante un obispo cristiano. Naturalmente eso supuso serios problemas entre los cristianos y los que no estaban de acuerdo con esa religión, esta película nos muestra perfectamente el grado de fanatismo de unos y otros.

Hypatia era una de las pocas personas que conservaban el sentido común, la razón por encima de la emoción, eso determinó su destino.

Comentario "of topic", ¡que guapa que esta Rachel Weisz en esta película!. Una preciosa mujer, inteligente, gran actriz...

Alejandro Amenabar ya había demostrado su maestría en otras estupendas películas de diversos géneros, solo nombro algunas de las más destacadas: "Tesis", un magnifico film de suspense. "Abre los ojos", una gran película de ciencia ficción. "Los otros", con la gran actriz Nicole Kidman, un buen film fantástico. El drama "Mar adentro", la historia de Ramón Sampedro, un tetrapléjico que busca poner fin a su sufrimiento. Todos estos éxitos le permitieron realizar está película de gran presupuesto, con muy buenos interpretes, buenos decorados, buena fotografía.

Sin embargo, a pesar de ser una estupenda película, incurre en varios errores. Como astrónomo y historiador, aunque sea un simple aficionado, os señalaré dos de ellos.

El primero los uniformes y las armas de los soldados romanos de finales del siglo IV y principios del V. En el film los uniformes y armas de los legionarios son los del siglo I y siglo II D.C.: Yelmo elaborado, con protecciones en la nuca, las orejas y en la frente. La "loriga segmentata" (la armadura típica de casi todas las películas de "romanos") formada por bandas de hierro con un diseño que semejaba una langosta. Escudo rectangular curvado, de alrededor de un metro de alto por medio metro de ancho, con forma de teja. El "Pilum" la jabalina pesada romana. Nada de eso existía a finales del siglo IV D.C. La mayoría de los soldados romanos iban sin armadura o, como mucho, llevaban una cota de malla, yelmo más sencillo, escudo ovalado y plano, el pilum había sido sustituido por una lanza de unos dos metros de longitud...Seria como representar a los soldados de la II Guerra Mundial con uniformes de las guerras napoleónicas.

El segundo gran error que quiero comentar es una de las últimas escenas de la película, cuando Hypatia deduce que las órbitas de los planetas son elípticas. La teoría heliocéntrica, el Sol en el centro y la Tierra otro planeta, ya había sido formulada por Aristarco de Samos en el siglo III A.C. pero tenía un problema, defendía la perfección, órbitas circulares, y eso no casaba demasiado bien con las observaciones pues incluso así había que recurrir a los epiciclos de Tolomeo. En la película Hypatia deduce que la órbita que describe la Tierra alrededor del Sol es elíptica por la variación del diámetro aparente del Sol. Eso era algo imposible de medir en esos tiempos, la Tierra tiene una órbita elíptica con muy poca excentricidad, por lo que a simple vista es imposible descubrir variaciones en el diámetro aparente del Sol.

Por el contrario la Luna, nuestro satélite, tiene una órbita elíptica bastante más excéntrica. La distancia media entre la Tierra y la Luna es de 384000 km, pero la diferencia entre la distancia mínima (perigeo) y la distancia máxima (apogeo) es de unos 50000 km, eso produce una variación en el diámetro aparente de la Luna perceptible a simple vista, la "Super Luna". De ello se deduce fácilmente que la distancia entre la Tierra y la Luna no es siempre la misma y por tanto la órbita de la Luna no puede ser circular con nuestro planeta en el centro de ese circulo. Habría sido mucho más realista que en la película "Ágora" se hubiera tomado la Luna como ejemplo de que las órbitas de los cuerpos celestes no son circulares.

Os dejo el enlace al artículo de mi blog, en el, además de varías imágenes adecuadas, hay cinco enlaces: Un muy buen trailer de la película. La película completa. Una buena biografía de Hytpatia. Un documental sobre esta gran mujer, con imágenes y fragmentos de la película "Agora", todo acompañado de una música muy adecuada. Por último un fragmento de la serie de televisión "Cosmos" de Carl Sagan, en el se narra la historia de la Gran Biblioteca de Alejandría, los últimos minutos están dedicados a Hypatia.

http://sergitorrentsgonzalez.blogspot.c ... agora.html

Espero que os resulte interesante.

Saludos.

Sergi.
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nanitomio
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Re: Ágora, la vida de Hypatia.

Mensajepor nanitomio » 16 Oct 2014, 10:14

Muy buen relato, Sergi. He visto dos veces "Ágora" y la verdad es que es una pelicula excelente. Debio sin duda de tener mas éxito entre le público del que tuvo. Es un excelente manifiesto en favor del sentido comun, la cordura, la observacion y el estudio por encima de los extremismos, fanatismos e intolerancia. Rachel Weisz está magnífica y es una delicia verla actuar. Refleja una belleza y una serenidad reflejo de su estado de gracia interior. Una gran película
Un saludo y gracias por tu gran trabajo

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madaleno
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Re: Ágora, la vida de Hypatia.

Mensajepor madaleno » 16 Oct 2014, 10:42

Excelente pelicula a pesar de los errores que comentas, gracias por compartirlo Sergit. :thumbleft:

Saludos.
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J30
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Re: Ágora, la vida de Hypatia.

Mensajepor J30 » 16 Oct 2014, 11:47

Me parece una película mala en guión, astronómicamente errada e históricamente muy falsa.
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Re: Ágora, la vida de Hypatia.

Mensajepor SERGIT » 17 Oct 2014, 03:30

Gracias compañeros, me alegro de que os haya parecido interesante.

Es una muy buena película, con muchos errores de ambientación histórica y con mayúsculos errores de astronomía, tal como he comentado. A pesar de ello refleja muy bien el ambiente del agonizante Imperio de Roma, puedo aseguraros que es así pues ya conocéis mi pasión por la historia y, sobre todo, mi afición por la historia de la antigua Roma.

Y, por supuesto, Rachel está preciosa en esta película: inteligente, hermosa, culta, respetuosa de las ideas ajenas. Descubrí a esta gran actriz en una película "de palomitas", "La momia". Luego la pude ver en otras películas más serías, mucho más serias, como "Enemigo a las puertas", una de las mejores películas bélicas que se han rodado. Esta ambientada en la Batalla de Stalingrado, el enfrentamiento entre un francotirador ruso y un francotirador alemán. Aunque la película se toma muchas licencias cinematográficas, estamos ante una película, no un documental, es un gran film, la película esta basada en hechos reales. Os dejo el enlace al artículo que escribí sobre esta excelente película.

http://sergitorrentsgonzalez.blogspot.c ... ertas.html

Saludos.

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Re: Ágora, la vida de Hypatia.

Mensajepor nirgalvallis » 01 Nov 2014, 14:32

En mi opinión es una buena película que refleja muy bien lo que todos hemos pensado alguna vez: ¿Qué habría pasado si no hubieran destruido el Museo de Alejandría"?

No creo que debamos confundir la "historia ficción" con los supuestos errores históricos. Además, sigue muy bien los posibles razonamientos de una persona de su tiempo.

Javier Ordóñez, uno de los mayores expertos en historia de la ciencia, está detrás del guión, asesorando a Amenabar.

Saludos,

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Re: Ágora, la vida de Hypatia.

Mensajepor Valakirka » 01 Nov 2014, 20:29

Supongo que como toda obra humana esta depende del criterio con el que se la quiera mirar. La película cuenta con más errores de los deseables y algunos son de bulto, no sólo los señalados, sino también el hecho de que Hipatia tenía unos 60 años cuando murió y que por su formación platónica se sabe bastante bien que debió morir virgen, o el caso de algunos otros personajes cuyo tratamiento tampoco responde a la realidad histórica, como alguno que ya había fallecido tiempo antes de que los acontecimientos se produjesen en su momento, pero bueno algunos se toman sus licencias a efectos de lograr dotar de un mayor dramatismo a la acción, o de una mayor comicidad como pasa en otros filmes. El de Amenabar no contó con todos los parabienes, algo que se puede comprobar buscando en la red a sus críticos, que no necesariamente siempre han de ser negativos pues la crítica tiene esa virtud, pero la película generó en su día filias y rechazos.

Personalmente considero que si se hubiese tratado solamente de una historia-ficción "a la americana", no habría mucho que criticar, pero no fue así y el propio Amenabar quiso filmar una forma de entender la historia desde su particular enfoque. Ciertamente, la Historia no es una ciencia exacta, pero si se hace historia no se pueden transformar u ocultar los verdaderos hechos, ni transformar a los protagonistas en lo que no son o no fueron.

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'Ágora', una rotunda equivocación de Amenábar

07 de octubre de 2009 | 02:38 CET
gabriel-ferreiro
Adrián Massanet


Alejandro Amenábar es un hombre privilegiado dentro de la industria del cine español. Sin duda, se ha ganado tales privilegios, muy superiores a los de cualquier otro cineasta de este país, se llame Almodóvar o de la Iglesia. Él juega en una liga varias galaxias por encima de ellos. Con cuatro películas, las cuatro rotundos exitazos de taquilla, que convencieron a amplios sectores de la crítica, y se alzaron con numerosos premios, este hombre puede, a día de hoy, hacer la película que le venga en gana.

Y en su afán por hacer cine de Hollywood, pero fuera de Hollywood, y en el de aunar cine de autor con cine comercial, hace ‘Ágora’, que el próximo viernes llega a las pantallas españolas, después de su tibia acogida en Cannes. De nuevo filma en inglés, después del taquillazo de ‘Los otros’. Habiendo indagado en miedos y en horrores, ahora cambia de tercio y se atreve con un extraño Peplum, género al que pretende dotar de un estilo más realista, hablándonos de una mujer única. Mucha ambición para unos resultados tan pobres.

Un relato inconsistente.

Pienso que el principal problema de esta película es que se sustenta en un guión muy pobre, desgraciadamente, obra, una vez más, del binomio Alejandro Amenábar/Mateo Gil. Según palabras del propio cineasta, su intención era hacer una película de ficción científica, o incluso un documental, sobre el cosmos, pero todo eso le llevó hasta la filósofa neoplatónica romana Hipatia. De modo que se dispuso a armar un gran fresco histórico en el que la destrucción de la biblioteca de Alejandría fuera el vórtice a partir del cual comienza una lucha entre religiones.

Pero, sea el guión pobre, o que quizá éste se haya visto estropeado por el montaje final, lo que queda es un sincero quiero y no puedo. Guionistas y director intentan abarcar demasiado. Por un lado, la historia del choque de culturas y de religiones, de otro la búsqueda de conocimiento de Hipatia del universo a través de las matemáticas, de otro la destrucción de una forma de vida y de un sistema de creencias, de otro un retrato de los fanatismos. Y a Amenábar le fallan las fuerzas. Es sencillamente incapaz de hilvanarlo todo de forma fluida y armónica, evidenciando graves trastornos rítmicos en el seguimiento a sus personajes, incapaz de establecer un tono.

Porque, ¿exactamente qué nos quiere contar Amenábar? ¿Que los fanatismos son destructivos y terroríficos? Eso ya lo sabíamos ¿Que la razón siempre será más analítica que la fe? Esto también lo sabíamos. Ahora bien, los mecanismos de ese fanatismo, los intereses que los mueven y los promueven, las mentes que son manipuladas desde la ignorancia de una vida miserable, de todo eso no hay ni rastro en un relato que siempre se mueve por caminos fáciles, y que no es capaz de profundizar en nada. Intelectualmente, ‘Ágora’ es un filme muy menor. No hay en él una sola idea, siendo una película que, en teoría, iba a hablar sobre las ideas, ni un hallazgo. No se hace preguntas, ni se las hace al espectador.

Una dirección dubitativa y estática

No es Amenábar un director que goce de mi devoción. Muchos le consideran un grandísimo cineasta. Yo opino que es un grandísimo realizador. Quizá el más grande español vivo. ‘Tesis’ o ‘Abre los ojos’ eran castillos de naipes que se sostenían por la sola habilidad de su responsable de mantenerlos en pie como un alquimista avezado, sin duda el primero de su clase. Mucho más ambiciosas, ‘Los otros’ y ‘Mar adentro’ eran nuevos castillos de naipes, con mucho más oficio dentro, pero igual de vacías, de falsas, de impersonales.

En este nuevo castillo de naipes, el quinto, que es ‘Agora’, no hace falta ni soplar para que se venga abajo. La elefantiasis acaba por revelar todas las carencias de Amenabar como gran artista. Eso sí, su habilidad como realizador sigue creciendo. Es increíble cómo mueve la cámara, como arma las secuencias, cómo crea sonidos, ambientes. Es un grandísimo profesional. Pero le falta lo más importante: el ritmo, lo invisible, el genio. Le puede lo grandioso y se olvida de que el cine está en la cosas pequeñas, en los detalles, en lo que no se ve, pero se siente. Quiere filmarlo todo, mostrarlo todo, y pone en un pedestal sus ideas, convirtiendo sus imágenes en meros vehículos de estas. Pero en el cine, la imagen es absoluta, y los adoctrinamientos, por muy ingenuos que sean, la vuelven tendenciosa.

Porque tendenciosa es la manera en que Amenábar dibuja a sus caracteres y formaliza su narrativa. Un artista no es quien mejor fotografíe, encuadre o sonorice una secuencia. Sino el que con una capacidad de observación mayor que la nuestra nos indica una forma de mirar que descubre los rincones más secretos donde se esconde la vida, la esperanza y el horror. Y nada de eso hay en esta lamentable película. También dijo, el director, que quería hacernos sentir como si la CNN hubiera viajado en el tiempo y hubiera presenciado tales acontecimientos.

Sería interesante ver la película al lado del director y que explicase de qué escena o forma de filmar se infiere tal cosa. Los planos de la Tierra sí que parecen una versión virtualizada de Google Maps, pero al respecto no le he oído decir nada.

Un reparto sin nada que hacer

He dicho que el ritmo en esta película no existe, por la sencilla razón de que sus personajes no existen, no son, no están. El ritmo no lo alcanzas con un montaje frenético, o con una cámara enérgica y virtuosa. En realidad, existe a pesar de eso, no gracias a ello. El ritmo te lo dan los personajes, sus necesidades, sus búsquedas, sus réplicas y sus interioridades. Pero para llegar a eso no se puede aspirar a hacer una película comercial y condescendiente como ‘Ágora’, cuyo mayor objetivo es lograr grandes ingresos en taquilla, y cuyos personajes parecen fantasmas pululando por la pantalla.


Se intuye talento en Amenábar para crearlos, pero falla a la hora de sostenerlos. Tanto Ammonius como Orestes, incluso el esclavo Davo (que no es más que un truco de guión evidente), son personajes con gran potencial, pero que aparecen y desaparecen de manera arbitraria y sin ningún criterio, y que viven realidades diferentes. Rachel Weisz es una actriz magnífica, pero no se puede sentir gran cosa por su Hipatia, que en manos de Amenábar no es más que una filósofa bienintencionada. ¿Dónde está esa asombrosa mujer, capaz de enfrentarse a los hombres más poderosos? Apenas hay rastro de ella. No conocemos más a Hipatia después de esta película. Le falta caracter, fuerza, presencia. Y no parece protagonista. Amenábar no sabe tratar el material que tiene entre manos.

Uno se pregunta qué clase de película está viendo, qué pretende Amenábar, de quién es la historia (¿del esclavo? ¿del prefecto? ¿de la matemática?). Demasiados interrogantes. Uno se pregunta si eran necesarios cincuenta millones de dólares para hacer realidad este proyecto, o por qué Amenábar no siguió el camino que él mismo se había trazado. ¿Es una de aventuras, es una película sobre ideas, espiritual, metafórica? Ignoro si será un éxito, pero Amenábar, en su infinita ambición, comienza a flaquear en su capacidad, hasta ahora asombrosa, de hacernos pasar gato por liebre. De pronto la liebre se parece mucho al gato, y es que puede ser que siempre haya sido gato.


http://www.blogdecine.com/criticas/agor ... e-amenabar

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Ya se me disculpará que a mi tampoco me guste, precisamente porque me gusta la Historia en sus términos exactos y no según las interpretaciones particulares. Y aunque la subjetividad siempre es casi inevitable, la realidad es que cuanto mayor sea ésta, más dificultades se añaden para el conocimiento de lo que son datos y acontecimientos verdaderos, todo ello con el objeto de diferenciarlos de aquellos que son únicamente aproximaciones más o menos afortunadas.

Nota: he colgado el texto y el enlace a la fuente del mismo desde un blog de un cinéfilo, y lo he hecho así para evitar discusiones ideológicas, las cuales no interesan aquí, ni de un signo, ni de otro.

Saludos.
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Re: Ágora, la vida de Hypatia.

Mensajepor nirgalvallis » 06 Nov 2014, 00:45

Evidentemente, sí, buscamos cosas diferentes cuando vamos al cine, al menos en ciertos contextos. Creo que no podemos pedir de esta película lo mismo que esperamos de una biblioteca, porque no pretende ser una lección de historia, sino más bien, a mi entender, una pequeña exploración de lo que podría haber sido u ocurrido. No es un documental ni un bio-pic. Permitidme que insista en que esta película es "historia ficción". Así, comprendo vuestro punto de vista, pero no lo comparto. :)

Una de las cosas que más me gustaron de la película fueron los momentos en los que se mostraba cómo Hypatia indagaba para buscar una explicación coherente con lo que se observa en la naturaleza, por cierto que no tan lejos en el tiempo de otros pensadores, que ya por el siglo V o VI (Philopono, continuador de Theon y de la propia Hypatia, como buen neoplatónico que fue), comenzaron a cuestionar a Aristóteles. Por ello digo que, ojo, hay mas miga en esta película de la que algunos quieren ver.

Creo que no debemos olvidar que el esfuerzo de Amenabar ayuda a que el público aprenda algo sobre las leyes del movimiento. Y, para mi, lo mejor de todo: la denuncia de los extremismos, en este caso el de la Iglesia, aún presente y contra el que se debe luchar mediante el raciocinio.

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Re: Ágora, la vida de Hypatia.

Mensajepor Valakirka » 06 Nov 2014, 06:02

Cuando se realiza una película con intención más o menos pedagógica y basada en hechos reales, lo que no se puede hacer es falsear tales hechos. Se pueden adornar a efectos de dar una coherencia a la historia que se narra, pero si de lo que se trata es de cargar las tintas contra otros, en este caso los cristianos los cuales estaban en ambos bandos, lo que hay es tendenciosidad. Por otro lado, las licencias en estos temas de trasfondo histórico están limitadas por los propios hechos o acontecimientos. Si Hipatia murió alrededor de los 60 años, no se la puede representar como una chavala de quitar el hipo; si Hipatia fue una fiel seguidora del neoplatonismo, no se la puede representar como una seductora mujer de marcado erotismo personal, pues es justo lo contrario de lo que pregonaba esa escuela filosófica, y de todo ello hay relatos antiguos incluidos los de algunos de sus discípulos.

Pero aunque sea un tanto largo, me voy a permitir copiar un ensayo en el que se explica con todo lujo de datos como fueron los acontecimientos y en qué ambiente se desarrollaron. Ensayo en el que se demuestra como a partir del Siglo XVIII algunos autores "se inventaron" la Hipatia que hoy mucha gente imagina.

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Hipatia según los autores antiguos


Dicen los antiguos que entre los siglos IV y V de nuestra era vivió en la más culta y agitada metrópoli del Imperio oriental la hija del científico Teón. Éste fue un académico de cuando el emperador Teodosio I, integrado en el Museo de Alejandría y que ha merecido un hueco en la historia de la ciencia por sus comentarios a Euclides y a Tolomeo. Estaba imbuido de la religiosidad pagana, pues como los demás matemáticos alejandrinos cultivó también los saberes ocultos, el hermetismo y la adivinación.

El viejo lexicón bizantino Suda, bajo la voz “Théōn”, enumera obras suyas de sugestivo título: Sobre las señales del cielo, la observación de las aves y el graznido de los cuervos, Sobre la salida del Can (constelación)…

Su hija Hipatia, en cambio, habiendo atendido con aprovechamiento a las enseñanzas de su progenitor hasta el punto de producir una obra personal de gran calidad científica, manifestaba desapego por los aspectos teúrgicos y cultuales de la gentilidad helénica, inclinándose en su lugar por la vivencia y la transmisión del platonismo. Y así se distinguió durante decenios entre sus conciudadanos de la gran urbe del Delta; cubierta con el tribon, austero hábito filosofal, recibía la veneración de sus discípulos y el respeto del resto de los griegos lo mismo paganos que bautizados, y su consejo era requerido incluso por las autoridades para la mejor gestión de los asuntos públicos.

Mas un infausto día de la Cuaresma de 415 en que Hipatia volvía a casa en su carruaje, fue sorprendida por una horda de cristianos iracundos quienes, tras arrastrarla al Caesareum de Alejandría y despojarla allí de su vestidura, la mataron con cascotes de teja (los inconformistas prefieren “afiladas conchas de moluscos”) y luego quemaron los restos de su cuerpo tras haberlo hecho pedazos. Debía de rondar entonces los sesenta años.

Hipatia según el mundo moderno

Los modernos, por su parte, exaltan a una Hipatia de la que afirman que también vivió y murió asesinada en la capital de los Ptolomeos y por las mismas fechas, pero bien podría ser otra enteramente ajena a aquélla de la que testimoniaron los antiguos.

La Hipatia actual que decimos aparece como la bellísima directora de la Biblioteca alejandrina que encarna en su desafiante existencia los ideales de la autonomía científica, el progreso racional, la pervivencia de los saberes clásicos y la liberación de las mujeres (o cualesquiera de ellos por separado); militancia que pagó entregando su vida a las caníbales tinieblas cristianas, lo que hoy la convierte en mártir de la ciencia, el helenismo, la perspectiva de género o la combinación que se desee.

Esta nueva y popular Hipatia (mejor pondríamos Hypatia por servir a los designios del influjo anglosajón, hodierno faro cultural de Alejandría) parece en parte un subproducto de la copiosa novelería que la figura inspira, porque la narrativa en cualquier soporte constituye hoy día la fuente por excelencia de conocimiento y deleite.

Nos preguntamos si Sinesio, Olimpio, Herculiano y los demás alumnos de Hipatia, reconocerían a su reverenciada maestra en esta rutilante súper-mujer, o pensarían dolidos que los modernos hemos sofocado neciamente su recuerdo.

Sea lo que fuere, lo cierto es que la muerte moral de Hipatia —y su consiguiente resurrección como predecible alegoría ideológica— no ha sido una, sino muchas muertes, que se vienen sucediendo desde el siglo XVIII.

De entre los que las han perpetrado destaca el gran Gibbon en su Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano (1776-1789). La tesis que sostiene y vertebra esta monumental obra, que ve en el cristianismo al verdugo de la civilización clásica, conduce también a presentar a una Hipatia comprometida con los valores de la religión antigua y enseñando en Alejandría y hasta en Atenas (algo sobre lo que carecemos de testimonios).

Tomando pie de varias fuentes, pero sobre todo del relato de Damascio recogido en la citada Suda (Damascio fue un filósofo neoplatónico del siglo VI), Edward Gibbon imputa sobre la conciencia del santo patriarca cristiano —supuestamente devorado por la envidia y los celos— la responsabilidad última del asesinato de Hipatia, que «ha dejado una marca indeleble en la personalidad e integridad religiosa de Cirilo de Alejandría».

Este inseguro camino no lo traza solo el historiador inglés, sino que otros autores de su tiempo ya lo dejaron allanado en sus respectivas obras. Voltaire, sin ir más lejos: en su Diccionario Filosófico (1764) aparece un odioso San Cirilo azuzando a los fanáticos cristianos contra la filósofa, y el propio ilustrado de Fernay pidiendo a Dios cínicamente por la salvación de la pobre ánima de aquél. Voltaire contribuye también a crear el halo de voluptuosidad que envuelve la figura de Hipatia y su trágico destino.

Las fuentes sostienen de modo inequívoco (salvo alguna contradicción menor) que la hija de Teón se mantuvo virgen hasta su muerte, rubricando con la castidad perpetua su entrega al idealismo neoplatónico. Y debió de ser bella en su juventud, nadie lo duda, pero los relatos antiguos son sobrios a este respecto y, desde luego, excluyen cualquier connotación lúbrica del hecho de haber sido desvestida antes de caer bajo los óstraka, porque de los más fiables se desprende que Hipatia murió siendo una mujer mayor.

Voltaire, sin embargo, deja asomar tras una rijosa frase su alma machista y trivial: «Cuando se desnuda a mujeres hermosas no es para perpetrar matanzas», escribe. Decenios antes, en 1720, un John Toland había publicado su ensayo contra la memoria de San Cirilo y la Iglesia alejandrina donde se ensalza no sólo la sabiduría y la virtud de Hipatia, sino también su belleza excepcional; obra que, a su vez, motivó la réplica indignada de un Thomas Lewis en cuyo título se presenta a nuestra baqueteada heroína como «a Most Impudent School-Mistress of Alexandria»…

El siglo XIX no le irá a la zaga al de las Luces en su contribución a las metamorfosis de Hipatia y su catasterismo final (Hipatia, en efecto, es desde 1884 el asteroide nº 238); nuevamente desde Inglaterra el escritor anticatólico Charles Kingsley da a la imprenta su novela sobre la pensadora, y en los ambientes franceses circulan obras de Maurice Barrès o resuenan los versos de Leconte de Lisle deplorando el sacrificio de la platónica Afrodita a manos del «vil Galileo».

Ya en el XX, Bertrand Russell encabeza la turbamulta de autores que hasta hoy mismo protagonizarán la dudosa tarea de presentar a los distintos públicos una Hipatia extraña a sí misma. Para los aficionados a la ciencia divulgativa, por ejemplo, ella es ya una vieja conocida merced al impacto que en los ochenta tuvo la serie televisiva Cosmos, del astrónomo estadounidense Carl Sagan.

La semblanza que entonces hizo este popular profesor: sobredimensionada como lumbrera científica, su doloroso fin quedó asociado caprichosamente a la pérdida de su obra y a la de la propia Biblioteca de Alejandría. Todo por culpa del cerril patriarca que llegó a santo (seguramente por eso) y de un cristianismo incompatible con el conocimiento que descuajó el radiante árbol del saber clásico sumiendo al mundo en un sueño oscurantista del que tardaría mil años en despertar. Para volver a aturdirse —le faltó decir— tras la condena de Galileo…

No murió por “fanatismo cienciófobo”

Tantas y tan creativas “muertes” de Hipatia aguijando desde hace tres siglos la imaginación y los sentimientos de los amantes de la narrativa, no han podido menos de espolear también el innato sentido de la justicia. Como el de una autora reciente que encabeza su cuento breve con un título inquietantemente reivindicativo: Hipatia: ni perdón ni olvido.

Cosa distinta es que hayan estimulado también la razón —ausencia que cabría extrañar en un entorno que la diviniza y que se tiene por escrupulosamente crítico— y que a los porqués románticos, justicieros o retóricos haya seguido un verdadero deseo de conocer el contexto histórico, los hechos y sus íntimas conexiones causales para poder después juzgar en el más pleno y racional sentido de la palabra.

La muerte de Hipatia, la única y trágica que tuvo, no sobrevino por accidente, pero tampoco el recurso primario al “fanatismo cienciófobo” de los cristianos satisfaría ni de lejos ese deseo inteligible del que hablamos.

El entorno y las circunstancias que moldean todo desenlace humano debemos buscarlo, en este caso, en los sucesos que removieron Alejandría al menos desde dos o tres años antes del asesinato de la filósofa. Y tratar de conocerlos no nos aboca a ningún arduo esfuerzo arqueológico ni paleográfico, sino que contamos con circunspectos testimonios llegados del pasado y excelentes trabajos filológicos que los han ordenado y explicado tras décadas de humanismo, bibliotecas y estudio silencioso y constante.

Cirilo sucedió en el patriarcado de Alejandría a su tío materno, el animoso Teófilo, tres días después del fallecimiento de éste: el 18 de octubre de 412. La votación del pueblo fiel le prefirió (jeirotoneîn, a mano alzada, precisa el bizantino Nicéforo Calixto) frente a la candidatura del arcediano Timoteo, que estaba apoyado incluso por el jefe de la guarnición militar de Egipto.

El celo madrugador y la enérgica resolución de Cirilo en la defensa de las prerrogativas episcopales le revelaron como un nuevo Teófilo, para lo bueno y lo malo según algunos.

Lo primero que hizo fue contener la herejía en su archidiócesis desfondando el cisma novaciano (clausuras, requisas…). Y enseguida llegó el choque con la antigua y floreciente comunidad hebrea de Alejandría; pero en esto la estimación posterior y su comprensible hipersensibilidad hacia los brotes de antisemitismo no ha sabido ser justa con Cirilo.

Los publicistas judíos actuales demuestran una imprudente animadversión hacia esta figura cuando, como hace Werner Keller, cuentan sólo la parte que les conviene:

«Multitud de cristianos incitados por el arzobispo irrumpieron en el año 414 en las sinagogas y se apropiaron de ellas. Los judíos fueron expulsados de la ciudad que se había convertido en su patria. La chusma se apoderó de sus casas y de sus bienes. Sólo un miembro de la gran comunidad, Adamantius, un maestro de la ciencia de la medicina, se libró de la desgracia: se dejó bautizar. (…) Y el que Orestes [prefecto imperial de Alejandría] se atreviese a ponerse a favor de los judíos, por poco le cuesta la vida, pues los monjes del monte Nitra, cerca de Alejandría, asaltaron al prefecto, que fue gravemente herido por una pedrada» (Historia del pueblo judío, 1966).

El relato de Keller manifiesta sin embozo su absoluta dependencia del que en su día redactara un contemporáneo de los hechos: el jurista e historiador de Constantinopla Sócrates, luego apodado “Escolástico”. Su Historia eclesiástica tiende a ser distante y neutral, por estar su autor seguramente cercano a alguna corriente heterodoxa. Su imparcialidad no suele cuestionarse y su valor como fuente primaria lo corrobora la pléyade de autores que ha ido sobre sus pasos a veces demasiado servilmente.

Pues bien, es Sócrates Escolástico quien nos pone en antecedentes sobre cómo empezó aquel enésimo choque entre judíos y griegos —éstos ahora cristianos— de Alejandría. Era sábado, pero muchos hebreos prefirieron postergar su deber piadoso de meditar los preceptos de la Ley acudiendo en su lugar a los espectáculos que se ofrecían en la ciudad.

Orestes, flamante prefecto, aprovechaba en ese momento la concurrencia del teatro para dar publicidad a una serie de ordenanzas que acababa de promulgar. Entonces, ante la presencia entre la multitud de un tal Hiérax, maestro de escuela y seguidor entusiasta del obispo Cirilo, los judíos se alborotaron y empezaron a acusar sin pruebas a este Hiérax de venir únicamente a provocar una sedición.

Orestes, que ya veía con malos ojos los amagos del patriarca de consolidar su influencia invadiendo la esfera estatal, prestó oídos a las denuncias de los hebreos y ordenó prender y torturar a Hiérax allí mismo. Enterado del caso, Cirilo convocó a los notables de los judíos para advertirles que no toleraría nuevas insidias contra los cristianos, pero esto no hizo sino envalentonar más a la plebe mosaica que multiplicó sus golpes.

El peor de todos lo descargaron una noche en la que, tras haber acordado una señal con la que reconocerse entre sí, repartieron agentes por la ciudad para que alarmaran a los cristianos con el anuncio de que su iglesia principal estaba ardiendo. Aprovechando entonces el amparo de la oscuridad y el concurso de fieles que desde todos los barrios corrían a sofocar las pregonadas llamas, los hebreos cayeron sobre ellos causando una gran mortandad.

Las primeras luces del día revelaron el lastimero espectáculo de las calles salpicadas de cadáveres y, ante la falta de reacción del prefecto, Cirilo consintió entonces el saqueo de las propiedades de los judíos, ordenando luego su expulsión de la urbe en la que habían vivido y prosperado desde los tiempos del gran Alejandro.

Estudiosos de nuestro tiempo dudan de que se tratase de una verdadera diáspora masiva viendo exageración en este punto; en cualquier caso, el patriarca no hacía sino aplicar la pena prevista por el derecho romano vigente (Codex Theodosianus IX.10.1) ante la pasividad de un Orestes que eludía el cumplimiento de su deber.

La pérdida que para Alejandría supuso el quedar privada de un importante y productivo sector de población irritaba aún más, si cabe, al alto funcionario, que ya no quería oír hablar de arreglo alguno con el patriarca y los suyos. Ni siquiera atendió el sincero intento de éste de buscar una reconciliación rechazando el ejemplar de los Evangelios que Cirilo le había hecho llegar como prenda de paz y entendimiento.

La situación, pues, se había vuelto tan peligrosa que varios centenares de monjes abandonaron sus cenobios del cercano desierto de Nitria y bajaron a la ciudad para ponerse a disposición del arzobispo.

Quiso el azar que se cruzaran con el vehículo del prefecto al que empezaron a tildar a gritos de “sacrificador” y “helénico”; Orestes les contradecía medroso alegando que había recibido el bautismo de manos del patriarca de Constantinopla. Pero la tensión desatada impedía que se oyeran sus razones, hasta que un canto salió disparado del grupo de los monjes aterrizando en la imperial cabeza.

La aparatosa efusión de sangre movió a los alejandrinos a acudir en auxilio de su dignatario; dispersaron a los eremitas y detuvieron al autor del guijarrazo —un monje llamado Amonio—, al que inmediatamente condujeron a la presencia del propio Orestes.

El prefecto, cuya herida debía de ser más escandalosa que grave, interrogó primero al arrestado legalmente; pero los terribles tormentos que le infligió después dieron al traste con su vida. Cirilo enterró a Amonio en sagrado postulando para él los honores del martirio, mas la renuencia de parte de sus diocesanos, que no creían que el monje hubiese perecido víctima del odium fidei sino a resultas de su torpe acción, persuadió al obispo de olvidar su propósito. De todas formas, la reconciliación entre el gobernador y el prelado se percibió entonces como más improbable que nunca.

El conflicto con los paganos

Los tiempos de Diocleciano, Galerio y sus atroces persecuciones debieron de parecer muy lejanos a los cristianos del Imperio tras la promulgación en 380 de la constitución Cunctos populos, que establecía como credo oficial el catolicismo niceno.

Mucho desdoro se ha vertido sobre la memoria del tío y predecesor de Cirilo, el impetuoso patriarca Teófilo, por haber ordenado demoler en 391 el Templo de Serapis o Serapeo (que, en efecto, albergaba en sus dependencias los volúmenes provenientes de la antigua Biblioteca de Alejandría, pero de la destrucción "ex professo" de estos libros por parte de los seguidores del arzobispo no tenemos constancia).

En esto el prelado no hacía sino aplicar en su diócesis, no dudamos que con gusto, la política religiosa de Teodosio el Grande (un edicto de este mismo emperador, fechado al año siguiente, vedará definitivamente los cultos paganos).

Tampoco debió de sentir remordimiento el día en que purificó el Mitreo alejandrino, pues treinta años atrás —según nos informa Sócrates Escolástico en Historia eclesiástica III, 2— se habían descubierto allí macabros vestigios de sacrificios humanos cuya exhumación llenó de estupor a los cristianos y soliviantó a los “helenos” (paganos) siguiéndose, como era natural en la ciudad, un sangriento tumulto. Como recuerda la catedrática del King’s College Averil Cameron (El Bajo Imperio romano, 1993):

«En otro lugar de Oriente, en Apamea, el obispo había destruido el templo de Zeus ayudado por tropas del gobierno, en fecha tan temprana como el año 386, y Porfirio de Gaza obtuvo permiso para destruir el Marneion del mismo lugar en el año 402. Una ley dirigida al comes Orientis en el año 397 ordenaba utilizar la piedra de templos paganos destruidos para obras públicas».

Pero aunque públicamente en Alejandría las relaciones entre gentiles y miembros de la Iglesia estuvieran aderezadas con enfrentamientos no siempre exentos de violencia, en el día a día todo marchaba de forma más tolerable y parsimoniosa.

La escuela de Hipatia es todo un ejemplo. A recibir sus enseñanzas y nutrirse de su ciencia acudían jóvenes aristócratas de toda la región e incluso de provincias lejanas; unos eran paganos, otros cristianos, pero nada impedía que entre todos ellos y su maestra nacieran fuertes vínculos de afecto y mutua solicitud tanto o más fuertes que los de la sangre.

Esto puede parecer hipérbole a quien nunca haya examinado las cartas de Sinesio de Cirene, interesante personalidad y orgulloso discípulo de la filósofa, que se convertiría más tarde al cristianismo llegando incluso a obispo de Ptolemaida (Alta Libia); lo que nunca obstó para que, en la lejanía, añorase con hondo sentimiento los días pasados con Hipatia junto a sus condiscípulos y tratase de mantener un intenso contacto con ellos aunque fuese epistolar. Los elogios y alabanzas que dedica a su mentora son conmovedores, mas no por eso deja de tener también en alta estima a Teófilo, de quien recibió su consagración episcopal. Ambos son objeto de la devoción del sin par Sinesio, y así se lo manifiesta a Hipatia con toda naturalidad; aunque lo que le une a ésta es algo muy profundo que le mueve a admiración e imperecedera gratitud. Si algo tuvo de bueno su prematura muerte, fue que no llegó a conocer el sino final de su «madre, hermana, maestra, benefactora mía en todo».

Resumamos: Teófilo, ‘martillo de paganos’, respetó el trabajo científico y filosófico de Hipatia, así como su docencia privada y pública, guardándose de molestarla o de interferir en sus labores durante los años en que estuvo a cargo de la sede alejandrina. Y esto, se quiera o no, debió de quedar impreso en la mente de su fiel sobrino y sucesor Cirilo.

El fin de Hipatia

Las desavenencias entre Orestes y sus partidarios y Cirilo y los suyos han llegado al paroxismo y la ciudad vive dividida en la Cuaresma de 415. Un conciliábulo de cristianos febriles cree haber identificado el obstáculo que se opone a la concordia entre las dos personalidades, y decide removerlo por su cuenta descargando en él toda la rabia.

Saben que desde su llegada Orestes visita muy frecuentemente a la filósofa y se deja asesorar por ella en las labores de gobierno, lo cual tampoco era extraño pues lo hacían todos los señores de la cosa pública atraídos por el prestigio de Hipatia como consejera versada y clarividente. Acaudillados por un simple lector de nombre Pedro, salen decididos al encuentro de su enemiga.

El desgraciado resto ya lo sabemos. La muerte de Hipatia sacudió la ciudad y los informes llegaron pronto a la corte de Constantinopla, que respondía vacilante y con cautela; Orestes acabó por abandonar Alejandría para siempre. Los asesinos de la hija de Teón posiblemente habían hecho el razonamiento correcto: la estrategia de dureza e inexorable obstinación del prefecto, al fin y al cabo un recién llegado a la capital egipcia, sólo podía deberse a los consejos de Hipatia, su visible valedora.

Como sugiere Maria Dzielska, de la Universidad Jagellónica (Hipatia de Alejandría, 1996), la filósofa pudo haber abandonado su exquisita neutralidad para aglutinar un partido en el intento de frenar el creciente predominio político del arzobispo y sus parciales. Y no se trataría de una mera rivalidad entre cristianos y paganos, porque es casi seguro que en el partido secular militaban también cristianos como el propio Orestes.

Los antiguos condenaron el asesinato.

En este sentido sí podría explicarse el ciego temor de los homicidas, pero mucho más atinado y decente que su torva medida expeditiva fue el reproche de los autores antiguos al que estos criminales se hicieron pronto acreedores: «Si hay algo enteramente ajeno a los que tienen los sentimientos de Cristo, eso son las muertes, las luchas y las cosas por el estilo» (Sócrates, Historia eclesiástica, VII, 15).

Además, el recuerdo de su hecho vil proyectó duraderas sombras sobre toda la asamblea de creyentes y sobre su santo patriarca: «Este asunto supuso no poca ignominia para Cirilo y la Iglesia de Alejandría», sentencia Sócrates en el mismo lugar.

Verdad es que, como constatan la historia y sus fedatarios y hasta en cierta medida reconocen los biógrafos modernos de la ciudad (p. ej., Lawrence Durrell en su Cuarteto de Alejandría), los alejandrinos siempre se señalaron por su indomable afición a las bullas y las algaradas sangrientas, entregándose a facciones y disturbios con cualquier excusa que se ofreciese.

Como oportunamente refiere Sócrates y luego Hesiquio de Mileto (historiador del siglo VI), los habitantes de Alejandría reservaron también para dos de sus obispos cristianos sendas muertes muy semejantes a la que dieron a la mujer filósofa: Jorge, sacado brutalmente de la iglesia en 361 tras los sucesos del Mitreo, luego atado a un camello, despedazado y quemados sus restos; y Proterio, cuyo cadáver acabó igualmente en el fuego en 457 tras haber sido arrastrado por las calles.

Pero esta importante matización no ha servido para que algún malintencionado escritor tardoantiguo y casi todos los modernos cejen en su afán de mancillar con el borrón de Hipatia la ejecutoria de un pastor teólogo de vida esforzada y ejemplar como fue Cirilo de Alejandría, venerado en Oriente y Occidente.

Incluso una autora ponderada y minuciosa como Dzielska revalida la misma ajada conclusión en su por otra parte estimable estudio, aunque para ello tenga que hacer una inverosímil lectura de cierta epístola de Sinesio a un Cirilo del que salta a la vista que no es nuestro personaje. Y quien dice Cirilo como chivo expiatorio, dice también la historia cristiana, bocado suculento del anacronismo antiguo y aceptado.

Con todo, será difícil lograr, por mucho que se siga rodando, telefilmando y novelando, que al menos para las personas cultas Hipatia deje algún día de ser la matemática, astrónoma y filósofa neoplatónica que fue para encarnar el rol de mártir de la ciencia como podría hacerlo un Lavoisier («La República no tiene necesidad de sabios ni de químicos», le aclaró el presidente del tribunal revolucionario mientras despachaba su ejecución).

O el de campeona inmolada de la emancipación femenina, como una Olimpia de Gouges sucumbiendo en la guillotina de su propia Revolución, o como cualquier mujer anónima aplastada por la furia anuladora de algún monstruo.

Epílogo.
Con la muerte de Hipatia no concluyó nada que no fuera su propia y fascinante vida. Ni siquiera la escuela filosófica de Alejandría que, como muestra el profesor del alma mater valenciana Gonzalo Fernández, siguió suscitando figuras hasta su completa cristianización ya en pleno siglo VII.

Fue mucho antes del torcido hado que venció a esta intelectual que la viejas concepciones paganas habían dejado de ofrecer respuestas a los interrogantes de la gente; fue antes de su fin que el oráculo de Isaías («No penséis en lo antiguo, mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?») y aquél otro del «Yo hago nuevas todas las cosas» empezaron a acampar en millones de corazones.

Y tampoco con esa muerte se abrieron majestuosas vías canópicas por las que marcharan triunfalmente los discípulos del Galileo exhibiendo los despojos del progreso y la razón. En los mismos años en que arrebataron la vida a Hipatia y en la misma África por su lado occidental, densos celajes se ciernen sobre los cristianos; diócesis enteras quedando huérfanas de sus pastores que huyen abrumados del terror vándalo.

Y en Hipona, junto a Cartago, resiste entre sus feligreses un anciano Agustín que, escribiendo bajo el shock de saber la Ciudad maestra de pueblos impíamente saqueada y a una nube de Alaricos prestos a cruzar el mar, se esfuerza por convencer al mundo de que la Historia tiene sentido y es de esperanza porque, pese a los misteriosos pesares, la guía y gobierna la Providencia.


Las mil muertes de Hipatia es un ensayo de Miguel Ángel GARCÍA OLMO, Doctor en Antropología y licenciado en Filología Clásica y Derecho,

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Naturalmente, si lo interesante puede ser la estética y la realización de la película como tal, no como historia ni otra pretensión, sin duda se trata de un filme entretenido. Pero si lo que se busca en su desarrollo es una aproximación fiel a unos acontecimientos como los que se narran, la cuestión es muy diferente. Y es que precisamente la ciencia se basa en la discusión, no en la creencia dogmatizada. Es decir, no hay que incurrir en aquello mismo de lo que se acusa a otros.

Saludos.

(Pido disculpas por la extensión del mensaje, pero creo que dentro de la posibilidad de discrepar sobre sus contenidos, resulta muy esclarecedor. También he de decir que he omitido una primera y extensa parte del ensayo en la que el autor expresa con mucha claridad su postura personal por considerar, que aquí y en este contexto, no venía al caso.)
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Re: Ágora, la vida de Hypatia.

Mensajepor J30 » 06 Nov 2014, 08:54

Creo que se debatió la película en el foro, pero no localizo el tema. Tal vez fue en la lista de correo del Año Internacional de la Astronomía-2009, el caso es que allí expuse con detalle mi opinión sobre la película, quiesiera haber recuperado el contenido.

Gracias Sergit por compartir los ocntenidos de tu blog.
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