La travesía de las esferas

JCS
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La travesía de las esferas

Mensajepor JCS » 05 Sep 2011, 19:56

La travesía de las esferas

Este pequeño cuento se lo debo a mis amigos y compañeros de afición. A toda la Asociación Astronómica Hubble y, sobre todo a los más cercanos: Rafael Caballero (Acafar), Ignacio Novalbos (Nachote), Oscar Lleixà (Almach), Ramón Palomeque (tacómetro), Quili, Isabel García Bermejp (Alhena), Antonio (Teteca), Juan Lendinez (Almenara), Carlos Tapia (Carlosz22), Miguel Leandro (MigL) y otros muchos que, forzosamente, han de quedar en el anonimato no por falta de merecimiento sino de espacio. Por último, y especialmente, a mi mujer e hijas: Rosa, Celia y Sofía.

Nuevamente debo acogerme a vuestra indulgencia por varias razones: en primer lugar la extensión desusada del texto para un foro, la impresión de que este no es el sitio adecuado para su inclusión, pese a que se narran observaciones y se describe aquello que se ha visto o han visto otros y, en último lugar lo que vaya a surgir de estas líneas que, como ya tengo dicho, cuando empiezo a escribir algo ignoro lo que va a continuar y, mucho menos, el final. Las palabras surgen solas, azarosas y sin control. Quizás el hábito procede de una deformación profesional, que me obliga, con mayor frecuencia de la que desearía, a improvisar y tomar decisiones apresuradas o aun irreflexivas, pero eso va en el oficio y los protocolos establecidos no siempre se ajustan a la situación que nos toca lidiar. Por todo ello ruego a moderadores y administradores que, según su criterio, lo cambien de lugar o, simplemente, lo eliminen. Ello no me causará pesar alguno ni será motivo de reproche o rencor. Simplemente me habré equivocado. Eso es todo.

En todo caso gracias anticipadas.

Con mi afición literaria ocurre otro tanto, de modo que no queda sino esperar el resultado; satisfactorio si se impone la coherencia de lo novelado o poético (no la belleza o lo estimable, no aspiro a tanto) o bien detestable de darse el caso opuesto.

En esta ocasión voy a narrar una historia, real o ficticia; eso lo ignoro pues, como ya he apuntado en otra ocasiones y me veo obligado a repetir, carezco de la capacidad de distinguir la realidad de lo que surge de la imaginación; de todo aquello que proviene de nuestro tiempo establecido o de los hechos conjeturados u oníricos en los que sentimos la misma consistencia de lo que creemos vivir dando por sólido y cierto.

En la tal historia, fabulada o no, se imbrican dos viajes: Un retroceso en el tiempo o acaso un simple pensamiento; doblar una esquina, para encontrarnos con nuestros antepasados, su tiempo, mezclado y confundido con el nuestro como un baño de espuma, de burbujas independientes y, a la vez, conectadas - que podemos atravesar- junto a su historia y conocimiento o saber. Atravesamos aquella que alberga Alejandría, durante el siglo II d.C. Obviamente el propósito era coincidir con Claudio Ptolomeo y su explicación del firmamento basado en su teoría de las esferas, epiciclos, ecuantes y deferentes (de ahí el título de este breve cuento).

El otro viaje, de objetivo más práctico, consistía en adentrarse en los océanos del firmamento en busca de tesoros que aumentasen nuestro, ya abultado botín. Para tal fin contábamos con los recursos materiales y humanos imprescindibles en tan inverosímil y alocada empresa: Una embarcación relativamente pequeña, lo suficientemente rápida y maniobrera que no requiriese demasiada tripulación. Tales características se ajustaban al Jabeque, aparejado como Polacra, esto es, con velas cuadradas en los palos Mayor y Trinquete, en vez de triangulares. Esta embarcación era muy utilizada en su tiempo, por piratas y corsarios pues cumplía con las características citadas. El propósito no era otro que darnos a la boga con rumbo a la región conocida como Virgo, famosa por sus peligrosas aguas repletas de islotes, bajíos, atolones (no siempre bien detallados en las cartas náuticas y, sobre todo, arrecifes coralinos, de extravagantes nombres, que constituían el objeto de la expedición).

No obstante creo que cuando termine esto que intento narrar o dar a conocer, sin saber lo que pretendo que se conozca; aun no, será la historia de una perturbación, un periodo transitorio o ya consolidado de enloquecimiento y distorsión y de que cuanto aquí se inicie o acontezca se hallará impregnado o teñido de esa perturbación y, por tanto, condenado a no ser nada en el conjunto de mi existencia, quizás tampoco en la de los otros que incluyo y no forman parte de los desvaríos; a disiparse y perderse en el olvido como los sueños o los retazos fugaces de lo imaginado brevemente y que ya no se recupera ni ancla en nuestra memoria fraguada y moldeada por frágiles y diminutos fragmentos de hechos vividos, imaginados o, simplemente soñados. Saber lo que ocurre se me antoja insensato. Lo que sucede no sucede del todo hasta que no se descubre, hasta que no se dice o se sabe y mientras tanto es posible la conversión de los hechos en mero pensamiento y recuerdo, su lento viaje hacia la irrealidad iniciado en el mismo momento de su acontecer; y la consolación de la incertidumbre, que también es retrospectiva. Esto me lleva a realizar un esfuerzo de memoria y de escritura porque, de otro modo, sé que acabará por borrarse todo y ello supone la no existencia, la muerte de lo pensado y, por tanto, de la vida misma que se alojará en el vacío y ya no tendrá vínculo alguno conmigo. Al cabo terminará convirtiéndose en una divertida paradoja (si se posee el adecuado sentido del humor): que habiendo pasado mi vida en el mundo me veré “fuera del mundo”. No expulsado ni condenado al exilio, simplemente desaparecido o en estado no visible como el agua al evaporarse, con la conciencia plena de mi condición perturbada pero instalado en otra o, acaso, en ninguna, existencia.

Hecho este disparatado paréntesis, creo que debo retomar el cuento, que dejé descortésmente aparcado en nuestra visita a Ptolomeo de Alejandría quien, amablemente, nos invitó a recorrer las abigarradas calles de la ciudad mientras ofrecía minuciosos detalles sobre su teoría geocéntrica, algo alambicada pero coherente con las ideas de entonces, ofreciendo aceptables explicaciones sobre los movimientos de los planetas y estrellas. Así mismo detalló el mejor rumbo a seguir para alcanzar, sin demasiados contratiempos, el objetivo previsto.

La ciudad, Al Iskandariyah para sus habitantes, se encuentra se encuentra en una franja de terreno que separa al Mediterráneo del lago Mareotis y situada sobre un promontorio en forma de T que da origen a dos puertos. La vertical de esa T llega hasta la Isla de Faros (unida a tierra por un puente) donde, un siglo más tarde, se construyó el famoso faro. El clima es inconstante desde diciembre hasta marzo aunque predominan los días fríos y soleados que se ven salpicados, de tanto en tanto, por fuertes borrascas que dejan abundantes precipitaciones y vientos tormentosos. El mes más cálido es agosto pero con una elevada humedad que disminuye el bienestar del que se debería disfrutar en esta ciudad, de sus hechos, ya pasados, aunque fijados en el tiempo y que quizás vuelvan porque no se ha ido del todo o alejado de nuestras respectivas historias.

Creo llegado el momento de hacer unos breves comentarios sobre la tripulación, escasa en número, pero eficacísima en su oficio. He decidido no dar nombres –estos quedarán también en el vacío- y ellos sabrán identificarse. Todos originarios de la península aunque procedentes de diferentes reinos y comarcas, predominando los catalanes, andaluces y mesetarios. En todo caso se puede calificar como variopinta. Desde los oficiales de mayor rango, que manejaban con envidiable pericia tanto las cartas náuticas como los arcanos propios para la localización, y exhaustivo estudio de sus características más llamativas o valiosas, a otros con cometidos descriptivos que incluía dibujos, fotografías, estudios y topográficos que detallasen con minuciosidad los inagotables tesoros, objetivo de tan inusual expedición. Cada cual hacía gala de un envidiable virtuosismo en la parcela que, con más tesón, cultivaban.

Ultimados los preparativos imprescindibles para una, previsiblemente larga y azarosa travesía, nos dimos a la vela una cálida mañana, al despuntar el alba, del mes de Agosto impulsados por una leve brisa que, afortunadamente, soplaba de popa lo que obligó a desplegar todo el trapo para mejor aprovechar el tímido aliento con el que comenzábamos nuestra anhelada e incierta aventura.

Libre de la última amarra la nave comenzó a apartarse despacio del pantalán. Poco a poco nos fuimos alejando, tras las obligadas maniobras, del puerto (en tierra se viven situaciones intolerables, pensamientos, ausencias o angustias. El mar induce al sosiego) mientras contemplábamos, por la banda de babor, el progresivo empequeñecimiento de la ciudad, sus edificios y aun sus gentes que asistían con no poco grado de perplejidad y escepticismo el comienzo de este alocado viaje. Acertamos a distinguir a nuestro anfitrión, en la ciudad, Claudio Ptolomeo, que agitaba un pañuelo de despedida y buenos deseos que contrastaban con un semblante algo sombrío –las dudas e inquietudes son inherentes a lo que no se es bien conocido por sólidas que sean las certidumbres que nos acompañan- y ello se reflejaba, también, en nosotros pese al entusiasmo general que demostrábamos por la partida.

Traspasada la bocana, la proa puso rumbo Norte adentrándose en aguas, cada vez, menos conocidas. Una mezcla de inquietud, miedo y esperanza nos comenzaba a envolver a todos los participantes –lo desconocido, lo no visto y asimilado, de lo que se ignora si llegará a conocerse, ver o asimilar. La visión, tan cercana, de riesgo y aun calamidades, aquello que no se conoce pero que se sabe próximo, carga la sangre de adrenalina provocando las paradójicas y contradictorias reacciones: afán de proseguir y enfrentarse al peligro no conocido, junto a la de desistir de la empresa, huir y ponerse a salvo.

Pese a la claridad que comenzaba a inundar el cielo del el Este, aun éramos capaces de distinguir, a ojo desnudo, algunas maravillas: El Cisne ya replegándose para su merecido descanso, Pegaso, el imponente corcel alado de Belerofonte, El Carro Mayor inconfundible en su geométrica disposición, el Menor disipándose bajo los tímidos rayos del sol (la Polar apenas era visible). La conspicua W de Cassiopeia frente a nosotros, algo de Andrómeda y Cepheo y, casi en el zénit el arrogante Júpiter que destacaba entre los, ya escasos, luceros que éramos capaces de distinguir (aun acertamos a ver los Dióscuros: Castor y Pollux con Marte por encima de ellos y la brillante Capella). En todo caso ahora se imponía fijar rumbo, atender las jarcias, aparejos y velamen para mejor aprovechar las condiciones cambiantes del medio, pues a medida que nos adentrábamos en aguas menos conocidas la brisa arreció sensiblemente pasando a un viento fresquito de unos 18 nudos en la escala de Beaufort rolando a estribor, que provocó una ligera marejada y aconsejaba tomar algunos rizos a la mayor con el fin de evitar el cabeceo excesivo. Pocos éramos los acostumbrados a los vaivenes y no era cosa de desperdiciar nuestras provisiones de boca arrojándolas violentamente por la borda.

El viaje se había planificado por etapas. La primera, la constelación del Boyero, desde nos dirigirnos a la Cabellera de Berenice, pasando cerca de Los Perros de Caza para rozar la islas conocidas como M3 y M53 y, a continuación, poner proa directa hacia El Gran Cúmulo de Virgo donde deberíamos recorrer sus más bellos accidentes geográficos. Previamente contábamos con observar de cerca algunos de los planetas compañeros de nuestro mundo, al menos aquellos que se cruzasen en nuestra línea de derrota. De momento ya alcanzábamos a disfrutar con nuestro satélite, Venus algo alejado pero visible y Saturno con el que nos hallábamos especialmente ilusionados. Lástima de Júpiter que en estas fechas se halla oculto por nuestra propia estrella y lo perderíamos de vista durante nuestro avance. Ocioso es decir que la vista de nuestra Sol dejó una huella imborrable: Enormes llamaradas que surgían de la superficie como si de algún dragón mítico se tratase. Aterradora visión al contrastar con la negrura del firmamento tachonado de estrellas. Algo impagable que me trajo, irremediablemente a la memoria, el Noveno Círculo del infierno de la “Commedia” de Dante que, a buen seguro habría sido su fuente inspiradora, de tener la fortuna de conocer su existencia y contemplar semejante derroche de fuego y luz.

Continuamos la travesía a través de este mar singular y ficticio pero mar al cabo, con todas las precauciones y alertas posibles porque el mar siempre es y ha sido un viejo taimado y peligroso: un canalla que, pese a su apariencia bonancible (a veces) no perdona y cuya aparente camaradería solo acecha el momento de asestar el zarpazo letal al menor descuido. Mata fácilmente y sin avisar a los negligentes y a los estúpidos; y en el mejor de los casos, uno puede aspirar a que lo tolere si no es molestado, a pasar desapercibido porque carece de sentimientos y no perdona nunca, salvo por azar o simple molicie. Las palabras caridad o compasión se quedan en tierra después de soltar amarras.

Prosiguiendo el viaje íbamos dejando atrás nuestros mundos conocidos y aquí es donde da comienzo el relato de nuestra aventura. Todo lo que nos sucede, todo lo que hablamos o contamos, cuanto vemos por nuestros propios ojos o sale de nuestra lengua o entra por nuestros oídos, todo aquello a lo que asistimos (y por tanto, nos corresponde algo de responsabilidad) ha de tener un destinatario fuera de nosotros mismos y ese destinatario lo vamos seleccionando en función de lo que acontece o nos dicen o bien decimos nosotros. Eso es lo que ahora ha de narrarse, contando con la incredulidad, rechazo, indiferencia o con suerte, aplauso y felicitación de los que leen o escuchan.

La primera etapa se realizó sin excesivos contratiempos (la ilusión de lo iniciado, de lo no conocido y que está por por llegar diluye las penurias e, incluso, animan a proseguir. Aun era pronto para experimentar los signos de fatiga o desesperación, aun no) Nos aproximábamos a la constelación de Boötes o el Boyero, donde se distinguía la estrella Arcturus, la gigante naranja que se lleva el bronce en la clasificación de estrellas más brillantes del firmamento, superada solo por Sirio (Canis Majoris) y Canopus (Carinae). A popa dejábamos M13, distante a más de 25000 años luz e nuestro hogar, con sus tenues brazos espirales (un arácnido) que invita a pensar en una Galaxia en ciernes o que su mala fortuna no le permitió cuajar como tal. En todo caso una visión fascinante. Otro espectáculo que pudimos disfrutar fue el ofrecido por M92, un cúmulo globular algo más pequeño pero de gran atractivo, como un pequeño globo escapado de la mano de algún niño desconsolado por la pérdida. Al poco avistamos el maravilloso M3. Una isla compacta y apretada donde su denso núcleo deja entrever pequeños surcos oscuros, zonas parcialmente despobladas que son un deleite para la vista. Algo más allá nos encontramos con el conocido como M53, ya en la Cabellera de Berenice y a más de 60000 años luz de la Tierra. No posee características singulares, pero nos encandila como casi todo.

Pero sin duda la visión más estremecedora que nos ofrecieron estas aguas fue M64 o NGC4826, también conocida como La Galaxia del Ojo Negro y La Bella Durmiente, descubierta por Edward Pigott el 23 de Marzo de 1779, justo 12 días antes de que Johann Elert Bode la hallara de forma independiente el 4 de Abril de 1779 y que pudimos observar por babor. Lo llamativo de ella es la gran zona oscura debida a una nube de polvo que le presta un aspecto inquietante. Realmente maravillosa. Entretanto el compañero encargado de corregir y detallar las cartas náuticas no paraba de tomar notas precisas y de dibujar, con asombrosa minuciosidad, todos los accidentes topográficos que éramos capaces de avistar. Su cuaderno de notas se llenaba de comentarios y trazos dignos de Leonardo Da Vinci. No obviaba ningún detalle y todos temíamos que se le agotara el material antes de completar el viaje. Pero es hombre peritísimo y supo aprovechar sus pertrechos sin merma alguna en su inestimable labor. Los oficiales al mando pasaban parte del tiempo encerrados en el camarote de popa trazando rumbos, ajustando derrotas, determinando los pasos a seguir amen de sus precisos cálculos orbitales, en los sistemas dobles, estudios fotométricos y espectográficos, junto con magnitudes distancias de separación y posiciones angulares. También subían al puente y se hacían cargo de la rueda del timón y, como no, observar maravillados el desfile de fantasías que pasaban ante nuestros entusiastas y asombrados ojos.

Ya no encontrábamos cerca de nuestro objetivo. No me detendré en narrar las miríadas de islotes que tuvimos la fortuna de contemplar. No hay tiempo ni espacio para tanto, aunque baste decir que nunca pudimos imaginar lo que aquel viaje, fruto de una fantasía aventurera, de un proyecto demencial e ilusorio nos iba a deparar.

Llegados a este punto, el capitán manda iniciar la maniobra de aproximación, virando 120º a babor. Desde esa posición, algo alejada aun, ya se empezaban a distinguir el abigarrado conjunto de islotes que forman el llamado “Cúmulo de Virgo”. Lo primero en ser avistado fue la estrella Vindematrix, Epsilon Virginis junto a la espiga que la figura lleva en la mano derecha. Pero ese fue solo el comienzo del mundo de fantasía que nos aguardaba. El numerosísimo y compacto conjunto de objetos impide detenerse en pormenorizar cada uno de ellos, de modo que me ocuparé solo de los más llamativos o singulares. Frente a la proa se hallaba las, relativamente pequeñas Galaxias NGC 5129, 5132, 5136 y 5137 que no presentan diferencias apreciables con tantas otras, aunque su proximidad ofrece una vista esplendorosa. Continuamos aproximándonos a la constelación mientras comienzan a surgir como por encantamiento nuevas apariciones: NGC 4866, por encima de ella NGC 4710 muy próxima a las 4689, 4654, 4659, 4639 y 4620. Sucesivamente vamos dejando atrás nuevos y hermosos accidentes de los que nuestro maestro cartógrafo decide prescindir de ofrecer una detallada descripción, limitandose a anotar su nombre y localización dejándolas aparte para futuras e improbables expediciones. Así pues nos dirigimos directamente hacia aquellos que más satisfacciones pueden procurarnos. El primero M90, una de las mayores Galaxias del Cúmulo, con sus brillantes brazos espirales enroscados como si de un ofidio de tratase. Fue descubierta por el propio Messier en 1781 y un núcleo relativamente pequeño. Posee una característica especial: se acerca a la Vía Láctea a una velocidad especialmente elevada de unos 1500 Km/s por lo que se encuentra en un punto crítico de escape del cúmulo al que pertenece si no lo ha hecho ya.

El silencio era absoluto, a medida que nos acercábamos al centro de nuestro destino. A veces roto por susurros de admiración, el leve crujir de las jarcias o la el ligero susurro provocado por el guadralpeo de la lona. Al poco empieza a dibujarse en el horizonte de estribor M89, que se asemeja a una gran estrella redondeada. Otro descubrimiento personal de Messier, con su brillante núcleo parece una réplica, algo menor, de M87 de la que a continuación hablaremos, pero antes avistamos a estribor otra joya; se trata de M58, una de las pocas galaxias barradas de la zona. Con una tonalidad amarillenta, destaca la zona central claramente abultada y su brillo decreciente hacia la periferia. Cercana a esta última se halla M60, objeto notable descubierto casi simultáneamente por Johann Gottfried Koehler en Abril de 1779, Barnabus Oriani un día después y Messier cuatro días más tarde. Se trata de una de las gigantes del cúmulo con el aliciente de hallarse muy cercana a NGC 4647, de menor tamaño.

Nuevo viraje a babor para dirigirnos hacia M87 pues tiene fama de ser la “reina” del cúmulo. También conocida como Virgo A es uno de los objetos más notables del cielo. Aquí deseo trascribir la descripción, que de ella, realizó nuestro maestro cartógrafo: “Tiene una forma redondeada muy definida, un núcleo central muy brillante y un halo extenso que lo rodea que se muestra mejor cuanto más adaptada tengamos la vista a la oscuridad. Realmente, situada a unos 55 millones de años luz de distancia, M87 es una galaxia elíptica muy peculiar. Contiene un número inusualmente elevado de cúmulos globulares a su alrededor, se estima que unos 12.000, que comparándolo con los 200 que podemos encontrar en nuestra Vía Láctea nos dará una idea de lo que estamos hablando. Por otro lado, se puede apreciar un chorro de materia procedente de la misma galaxia que se extiende unos 5.000 años luz de su núcleo. Se cree que ello es debido a la presencia de un agujero negro supermasivo que se estima posee una masa de unas 6.600 millones de masas solares. Asímismo, el núcleo galáctico es muy activo, y es una fuente de alta intensidad de radiofrecuencias”.

Obligado es decir que también se encuentra acompañada por otra galaxia: NGC 4478, mucho más débil que más parece un vanidoso ornamento exhibido coquetamente por nuestra reina.

Continuamos la trayectoria dando bordadas, esto es navegando en zig- zag, hasta situar la proa con rumbo Noreste con el fin de alcanzar la pareja de galaxias conocidas como M84 y M86. Rápidamente logramos avistarlas situadas a medio camino entre Denebola en la cola del León y Vindematrix. Desde la distancia aparecen muy próximas entre si y rodeadas de un conjunto acompañante que deslumbraría al más recalcitrante de los escépticos. Ciertamente nos encontramos ante un espectáculo grandioso, M 84 está situada en la parte interior de la gran concentración galáctica del núcleo del cúmulo de Virgo; es la galaxia brillante que se encuentra más a la izquierda. Las otras galaxias representadas son: M 86, brillante y ligeramente abajo y a la izquierda del centro, mientras que arriba a la izquierda se encuentra, vista de lado, la espiral NGC 4388, y debajo de ella (en el centro del triángulo que forma con los 2 Messier), NGC 4387, de aspecto estelar. Debajo de M86, cerca del borde inferior, se distingue la débil galaxia NGC 4402, vista de lado. Arriba del todo y en el centro se encuentra la pequeña espiral barrada NGC 4413, y bajo ella, a la derecha, NGC 4425. A la derecha se ve la pareja NGC 443 y NGC 4435, que forman un par interactivo.

Como característica particular (pero no única), M84 tiene en su centro un sistema que eyecta dos pequeños pero notables chorros de radiación. Su estudio fue el primer objetivo del Telescopio Espacial Hubble en 1997, que descubrió que el núcleo de esta galaxia contenía un objeto masivo, que representaba 300 millones de masas solares, concentradas en una esfera de menos de 26 años luz de radio.
Veamos las anotaciones que, de ellas tomó, nuestro insigne cartógrafo: “Tanto M84 como M86 pertenecen al Cúmulo Galáctico de Virgo, se encuentran situadas a unos 55 millones de años luz de distancia y son galaxias lenticulares tipo S0 con una magnitud aparente alrededor de 10,0”.
Nuevo viraje para tratar de avistar el que, posiblemente sería el último objeto en visitar. Se trataba de M49, el primer miembro del Cúmulo de Virgo que identificó Charles Messier en Febrero de 1771. Notable por su brillo debido a un apretado núcleo que disminuye progresivamente en intensidad hacia los bordes. En realidad es una de las galaxias gigantes junto a M60 y M87. Su forma es ligeramente elíptica y se observa como una gran mancha sin brazos espirales. Nuevamente recurro a las anotaciones de nuestro compañero: “M49 parece encontrarse completamente aislada en el cielo, ya que a su alrededor no veo ninguna estrella especialmente brillante. Es curioso. La noto con un aspecto granulado. Ya sé que esta descripción no es la típica que se da de una galaxia, pero sinceramente, es lo que me sugiere. Me centro de nuevo en la galaxia y compruebo que la zona granulada que comenté al principio, corresponde realmente al núcleo de la galaxia, que presenta una forma claramente redondeada, que se ve envuelto por un halo muy tenue, pero muy extenso

Llegados a este punto la oficialidad, tras debatir largamente nuestros siguientes pasos decide que se ha cumplido, sobradamente, los propósitos de la travesía y, por ello, deciden poner rumbo a casa. Las sensaciones, ante la perspectiva del regreso, idénticas a las de la partida. Ya sin temor pero si con algo de desilusión por el abandono de las maravillas que aun aguardaban, superpuestas con la satisfacción de regresar al hogar con un equipaje de experiencia y saber de incalculable valor.

Habíamos llegado al final de nuestra travesía con éxito. Fuimos los únicos en conseguir el imposible objetivo de acercarnos, de contemplar maravillados algunos de los secretos que, tan celosamente, guarda el firmamento. Ya solo restaba volver, con no poca nostalgia, a nuestra tierra conocida para que la experiencia vivida fuese debidamente aprovechada y comenzara a dar sus frutos.

Fue un instante. Algo apenas percibido, un pálpito, pasos envenenados a mi espalda, pero que se intuyen con la certeza de la irrealidad presente. Una presión en las sienes –mis pobres sienes – que enturbian la vista y el conocimiento. No hubo túnel ni luz a su final, solamente una sensación de alejamiento y disipación, o acaso su voluntad satisfaciendo la mía, la voluntad del que se cansa y se hace a un lado y se retira, como si el mundo ya no nos soportara y tuviera prisa por expulsarnos. Pude notar la mano de uno de mis compañeros, la mano amiga que consuela y reconforta, al apretar la mía, y sin tiempo para darme cuenta me encontré rodeado por personajes conocidos: Aristóteles, Hesíodo, Homero, Eratóstenes, Demócrito, Copérnico, Galileo, Tycho Brahe, Kepler y muchos otros más. Cada uno con su tiempo e historia reunidos. Se hallaban en círculo con una gran pizarra cada uno en la que expresaban su sabiduría ancestral. Yo también disponía de otra donde podían leerse unas frases que, en un principio, me movieron a confusión y perplejidad. Enseguida me di cuenta que esas líneas, escritas en prosa correspondían a un epitafio escrito por la propia Muerte, probablemente como postrera deferencia hacia mí, pero con algo de vanidad apenas disimulada, pues se describía ella misma y aun justificaba su impuesto y siniestro oficio: “Cuantos hablan de mí no me conocen, y al hablar me calumnian; los que me conocen callan, y al callar no me defienden; así todos me maldicen hasta que me encuentran, mas al encontrarme descansan, y a mí me salvan, aunque yo nunca descanso]

Este epitafio pertenece a la novela de Javier Marías “Mañana en la batalla piensa en mí".

Nota: Las descripciones de los objetos observados han sido extraídos de las que, en su momento realizo con gran fortuna, nuestro compañero Oscar Lleixà Subirats (Almach). Mi agradecimiento por sus enseñanzas y el deseo de que me perdone por apropiarme de lo que no es mío. El resto pertenecen al Catálogo Messier.

Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado,
el amor y la pena
despiertan en mi pecho un ansia ardiente;
despiden larga vena
los ojos hechos fuente;
Loarte y digo al fin con voz doliente:
«Morada de grandeza,
templo de claridad y hermosura,
el alma, que a tu alteza
nació, ¿qué desventura
la tiene en esta cárcel baja, escura?
¿Qué mortal desatino
de la verdad aleja así el sentido,
que, de tu bien divino
olvidado, perdido
sigue la vana sombra, el bien fingido?
El hombre está entregado
al sueño, de su suerte no cuidando;
y, con paso callado,
el cielo, vueltas dando,
las horas del vivir le van hurtando.
¡Oh, despertad, mortales!
Mirad con atención en vuestro daño.
Las almas inmortales,
hechas a bien tamaño,
¿podrán vivir de sombra y de engaño?
¡Ay, levantad los ojos
aquesta celestial eterna esfera!
burlaréis los antojos
de aquesa lisonjera
vida, con cuanto teme y cuanto espera.
¿Es más que un breve punto
el bajo y torpe suelo, comparado
con ese gran trasunto,
do vive mejorado
lo que es, lo que será, lo que ha pasado?
Quien mira el gran concierto
de aquestos resplandores eternales,
su movimiento cierto
sus pasos desiguales
y en proporción concorde tan iguales;
la luna cómo mueve
la plateada rueda, y va en pos della
la luz do el saber llueve,
y la graciosa estrella
de amor la sigue reluciente y bella;
y cómo otro camino
prosigue el sanguinoso Marte airado,
y el Júpiter benino,
de bienes mil cercado,
serena el cielo con su rayo amado;
rodéase en la cumbre
Saturno, padre de los siglos de oro;
tras él la muchedumbre
del reluciente coro
su luz va repartiendo y su tesoro?:
¿quién es el que esto mira
y precia la bajeza de la tierra,
y no gime y suspira
y rompe lo que encierra
el alma y destos bienes la destierra?
Aquí vive el contento,
aquí reina la paz; aquí, asentado
en rico y alto asiento,
está el Amor sagrado,
de glorias y deleites rodeado.
Inmensa hermosura
aquí se muestra toda, y resplandece
clarísima luz pura,
que jamás anochece;
eterna primavera aquí florece.
¡Oh campos verdaderos!
¡Oh prados con verdad frescos y amenos!
¡Riquísimos mineros!
¡Oh deleitosos senos!
¡Repuestos valles, de mil bienes llenos!»

Oda VIII - Noche Serena. Fray Luis de León
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Re: La travesía de las esferas

Mensajepor Nachote » 05 Sep 2011, 23:05

Querido Jose Carlos, te juro por lo mas sagrado que has conseguido emocionarme con tu relato.... :notworthy: :notworthy: :notworthy: :notworthy:
Que increible seria poder materializar un viaje como el que describes en el cuento. No solo por la magnificencia del recorridoque propones, sino sobre todo por la grandeza y humanidad de los compañeros de viaje.
Que gran rapsoda se perdieron los Faraones....¡¡Un cuento increible!!
Espero con ansiedad un segundo viaje.

Cada dia estoy mas orgulloso de poder contar con vuestra amistad.

Un gran abrazo. :grouphuuug:
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Re: La travesía de las esferas

Mensajepor JCS » 06 Sep 2011, 19:16

Muchas gracias Ignacio. No te puedes imaginar cómo aprecio tus palabras. Pero te aseguro que no me considero acreedor a mérito alguno. Me limito a desgranar pensamientos e ilusiones, algo que está al alcance de cualquiera. Y pienso que si se puede realizar ese y otros viajes. En realidad cualquier cosa que imaginemos. El problema es que hemos perdido la capacidad de creer en lo imaginado que poseen los niños. Cuando juegan a sus fantasiosas aventuras realmente sienten que las están viviendo, por lo tanto, son reales. Por ello insisto tanto en que no distingo ni quiero distinguir lo cotidiano con lo que puedo imaginar o soñar. Son realidades distintas pero realidades al cabo y esa capacidad, esa inmensa suerte de vivir aquello que consideramos fantasías la perdemos con los años. Solo tenemos que hacer el esfuerzo de recuperarla y volver a comportarnos como los niños, que nos superan en muchas cosas. Quizás en demasiadas.

Vuelvo a repetir mi agradecimiento.

Un abrazo muy fuerte.
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Re: La travesía de las esferas

Mensajepor almach » 07 Sep 2011, 12:24

Amigo mío, he tenido que imprimir tu relato para poder disfrutarlo (y mucho) con tranquilidad y aislado de las prisas del día a día. Ahora que he acabado de leerlo, simplemente tengo que felicitarte y comentarte la gran admiración que has levantado en mi. Sencillamente genial. Has unido poesía, astronomía, aventura, fantasía... en un relato que no tiene desperdicio.

Ya hubiera querido Don Quijote que Clavileño le hubiera proporcionado la mitad de aventuras que tu has vivido.

Y como mi prosa no alcanza el nivel adecuado para transmitir lo que he sentido leyendo, dejaré que otro poeta lo haga por mi:

ÍTACA
I

Quan surts per fer el viatge cap a Ítaca,
has de pregar que el camí sigui llarg,
ple d'aventures, ple de coneixences.
Has de pregar que el camí sigui llarg,
que siguin moltes les matinades
que entraràs en un port que els teus ulls ignoraven,
i vagis a ciutats per aprendre dels que saben.
Tingues sempre al cor la idea d'Ítaca.
Has d'arribar-hi, és el teu destí,
però no forcis gens la travessia.
És preferible que duri molts anys,
que siguis vell quan fondegis l'illa,
ric de tot el que hauràs guanyat fent el camí,
sense esperar que et doni més riqueses.
Ítaca t'ha donat el bell viatge,
sense ella no hauries sortit.
I si la trobes pobra, no és que Ítaca
t'hagi enganyat. Savi, com bé t'has fet,
sabràs el que volen dir les Ítaques.

II

Més lluny, heu d'anar més lluny
dels arbres caiguts que ara us empresonen,
i quan els haureu guanyat
tingueu ben present no aturar-vos.
Més lluny, sempre aneu més lluny,
més lluny de l'avui que ara us encadena.
I quan sereu deslliurats
torneu a començar els nous passos.
Més lluny, sempre molt més lluny,
més lluny del demà que ara ja s'acosta.
I quan creieu que arribeu, sapigueu trobar noves sendes.

III

Bon viatge per als guerrers
que al seu poble són fidels,
afavoreixi el Déu dels vents
el velam del seu vaixell,
i malgrat llur vell combat
tinguin plaer dels cossos més amants.
Omplin xarxes de volguts estels
plens de ventures, plens de coneixences.
Bon viatge per als guerrers
si al seu poble són fidels,
el velam del seu vaixell
afavoreixi el Déu dels vents,
i malgrat llur vell combat
l'amor ompli el seu cos generós,
trobin els camins dels vells anhels,
plens de ventures, plens de coneixences.




ITACA

I

Cuando salgas para hacer el viaje hacia Itaca
has de rogar que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de conocimiento.
Has de rogar que sea largo el camino,
que sean muchas las madrugadas
que entrarás en un puerto que tus ojos ignoraban
que vayas a ciudades a aprender de los que saben.
Ten siempre en el corazón la idea de Itaca.

Has de llegar a ella, es tu destino
pero no fuerces nada la travesía.
Es preferible que dure muchos años
que seas viejo cuando fondees en la isla
rico de todo lo que habrás ganado haciendo el camino
sin esperar a que dé más riquezas
Itaca te ha dado el bello viaje
sin ella no habrías salido.
Y si la encuentras pobre, no es que Itaca
te haya engañado.
Sabio como muy bien te has hecho
sabrás lo que significan las Itacas.

II

Más lejos, tenéis que ir más lejos
de los árboles caídos que os aprisionan.
Y cuando los hayáis ganado
tened bien presente no deteneros.

Más lejos, siempre id más lejos,
más lejos del presente que ahora os encadena.
Y cuando estaréis liberados
volved a empezar nuevos pasos.

Más lejos, siempre mucho más lejos,
más lejos, del mañana que ya se acerca.
Y cuando creáis que habéis llegado,
sabed encontrar nuevas sendas.

III

Buen viaje para los guerreros
que a su pueblo son fieles
favorezca el Dios de los vientos
el velamen de su barco
y a pesar de su viejo combate
tengan placer de los cuerpos más amantes.

Llenad redes de queridos luceros
llenos de aventuras, llenos de conocimiento.
Buen viaje para los guerreros
si a su pueblo son fieles
y a pesar de su viejo combate
el amor llena su cuerpo generoso
encuentren los caminos de viejos anhelos
llenos de aventuras, llenos de conocimiento.
© Edicions l'Empordà

http://www.lluisllach.cat/espanol/canciones.htm

http://www.youtube.com/watch?v=eCz0y-IXbdc&feature=fvsr

Gracias por este regalo que nos has hecho :thumbleft:

Saludos.
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Podéis visitar mi blog y seguirme en:
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Re: La travesía de las esferas

Mensajepor JCS » 07 Sep 2011, 18:09

Bueno Oscar, creo que te pasas. Tú sí que me has emocionado con Ítaca. De repente he sentido nostalgia de mi época de bisoño universitario, corriendo delante de los “grises” con canciones de Lluis Llach, Raimon, Serrat, Labordeta, Mº del Mar Bonet etc. Entonces creíamos de veras en la clarividencia que, de verdad, “habrá un día en que todos/ al levantar la vista/ veremos una tierra/que ponga Libertad. Ese día llegó, pese a que, pasado el tiempo y ya talluditos, los años que siguieron a ese día acabaron por decepcionarnos.

No sé si tú viviste esa época pero te aseguro que los cantautores, sobre todo, los catalanes se convirtieron en nuestros héroes. No sabes cuanto agradezco que me hagas evocar aquello que permanece en mi memoria como los mejores años de mi vida.

Respecto al cuento, me remite a lo que le he contestado a Ignacio. Ningún mérito veo en ello. Me gusta escribir, como otras muchas cosas, viviendo mis fantasías en una realidad aparte de la cotidiana, que con frecuencia, se me antoja odiosa.

En cualquier caso, me alegro de que te haya gustado y agradezco tus palabras.

Un abrazo y a seguir en la brecha.
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Re: La travesía de las esferas

Mensajepor tacometro » 08 Sep 2011, 18:16

¿Ensoñación, cuento, poesía?
Sucedió así, no hay falsete
aunque parezca cosa de fantasía

¿Sentir vértigo, sentir la muerte?
Dichosa hora, bendita suerte
que de ese barco sea yo grumete


(pero por si hay dudas, yo no me he emocionado, no :roll: :twisted: :new-alien: )

Enhorabuena artista!
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Re: La travesía de las esferas

Mensajepor JCS » 08 Sep 2011, 19:45

Ni ensoñación ni fantasía.
Solo viajar a nuestro antojo
con destino que yo escojo
junto a vuestra noble compañía.

Muchas gracias rapsoda. Ahora me vas a obligar a escribir en verso, por si no me complicase, yo solito, suficientemente la existencia. Vas tú y me ayudas.

Gracias de corazón. Un abrazo y otro a Aurora.
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Re: La travesía de las esferas

Mensajepor teteca » 15 Sep 2011, 23:19

Siento llegar tarde para enrolarme a vuestra compañía, subir a tu bergantín, y con las esferas hacer la travesía. :pirate:

Genial, me siento feliz y orgulloso de pertenecer a tu tripulación.
Un fuerte abrazo.
Nuestra propia luz, nos afecta la capacidad para poder ver.

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Re: La travesía de las esferas

Mensajepor almenara » 26 Sep 2011, 11:36

...............................ya me dijo tacometro lo que me habia perdido por no estar atento al foro. pero la verdad es que al leer este relato nuestro amigo ramon se ha quedado corto,
me has dejado con la boca a bierta , gracias por esta aventura y por contarme entre tu tripulacion , para mi es un orgullo surcar los mares del cielo con tanta buena gente.
¿para cuando una visita a jaen?
un abrazo para tí y otro para la familia.
:pirate:
El azar no es nada;se ha inventado esta palabra para expresar el efecto conocido de toda causa desconocida.

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Re: La travesía de las esferas

Mensajepor JCS » 26 Sep 2011, 16:47

Gracias Antonio y Juan, sobre todo por vuestra amistad. Ya quisiera acercarme por Jaén, es una intención a la que llevo dando vueltas bastante tiempo, pero la ocupaciones me lo impiden. Confío en poder hacerlo cuanto antes.

Un abrazo y dad muchos recuerdos a toda la "peña"
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